Emergencia climática: la dramática realidad que afecta a los océanos y la criósfera

26 · diciembre · 2019

La USM ha participado activamente en los esfuerzos mundiales por generar la información científica necesaria para adoptar acciones que mitiguen el daño actual.

El aumento de la temperatura y la acidificación de los océanos ha generado un cambio global en la flora y fauna marina, que repercute directamente en la vida como la conocemos. Esa es precisamente una de las problemáticas que abordará la 25° Conferencia de Cambio Climático de las Naciones Unidas (COP25), donde la USM tiene participación a través del profesor del Departamento de Química y director del Centro de Tecnologías Ambientales (CETAM), Dr. Francisco Cereceda, quien integra la mesa de trabajo sobre Océano y Criósfera de este encuentro, que se realizará durante el mes de diciembre en Madrid, España.

Mediante dicha instancia se generarán documentos oficiales con evidencia científica que mostrará el daño producido por el cambio climático a nivel local. La información que de ella emane se entregará a los ministerios correspondientes para que puedan evaluar y generar políticas públicas adecuadas que ayuden a mitigar el deterioro en los océanos y la criósfera, o lugares del planeta donde el agua se encuentra en estado sólido.

El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), recoge cifras alarmantes sobre la situación actual. El calentamiento global es de un 1ºC más en relación a los niveles preindustriales a causa de las emisiones de gases de efecto invernadero. La temperatura sigue en aumento y las consecuencias serán graves, tanto para las personas como para el ecosistema. Además, las zonas costeras y la criósfera andina, abundantes en Chile, sufrirán las consecuencias.

“Las cifras del informe son catastróficas y afectan a un porcentaje importante de la población que vive cerca del mar. La subida del nivel de los océanos producto del derretimiento de la criósfera generará problemas de infraestructura, de comercio relacionado con la pesca, el transporte de mercancías y la agricultura. Valparaíso, por ejemplo, tiene una zona comercial céntrica que está asentada en una zona de relleno realizada por el hombre. Ese espacio ganado es un terreno que el mar volverá a recuperar”, indica Cereceda, agregando también que “estamos en un proceso de desertificación, donde el clima mediterráneo se trasladará hacia la zona sur. Eso cambiará las características de los cultivos, el aparato productivo, los tipos de servicios, etc.”.

En 2100 el nivel del mar podría llegar a registrar una elevación de entre 30 y 60 centímetros -si se mantiene el aumento bajo los 2ºC-, y si las emisiones aumentan podría llegar a 60 y hasta 110 centímetros. Como ejemplo también señala que se ha medido, con nuevas metodologías desarrolladas en el CETAM, un potente agente de cambio climático como el black carbon (BC: partículas de hollín generadas por la combustión) depositado sobre la nieve de los glaciares de Los Andes. “Las hemos comparado con otras mediciones publicadas por otros científicos y los errores en la subestimación de su concentración eran de más del 100%. Podríamos pensar que eso también sucede en otras mediciones actuales relacionadas con agentes de cambio climático. Es posible que la situación actual sea más urgente de lo que creemos”, advierte.

 El peligro de la acidificación de los océanos

 Respecto a la acidificación de los océanos, Cereceda indica que “la disolución del CO2 en el agua genera ácido carbónico y eso aumenta la acidez del agua de mar. Este aumento de la acidez genera que se disuelva más rápidamente el carbonato presente en el océano y el riesgo es que la mayoría de las estructuras geológicas y muchos organismos marinos están hechos de carbonato. La base de la cadena trófica de los océanos está hecha de este compuesto químico; los corales, los exoesqueletos de crustáceos y las conchas de los moluscos podrían debilitarse y esto podría afectar seriamente la vida marina como la conocemos”.

Por ello, es necesario generar políticas públicas y cambios de comportamiento humano. “Los contaminantes de vida media larga (CO2) pueden tener una durabilidad en la atmósfera de entre 200 y 1.000 años. Por esta razón, los planes de acción deben ser inmediatos y estar ligados a políticas públicas que impulsen los gobiernos para actuar a diferentes escalas de tiempo. En cambio, los contaminantes de vida media corta, como el black carbon (que dura horas o días), el ozono (semanas) y el metano (alrededor de 12 años), tienen directa relación con las acciones de los ciudadanos. Por ejemplo, para disminuir el BC podemos usar más la bicicleta, quemar menos leña y ahorrar energía eléctrica donde se pueda; en suma, disminuir nuestra huella de carbono. Esas acciones son tareas que las personas pueden implementar hoy y ver los resultados de manera local y a corto o mediano plazo. Esos contaminantes ya no llegarían a los glaciares y su reducción no solo mejoraría la salud del medio ambiente, sino que incidiría directamente en la salud de la población, puesto que estos contaminantes también están relacionados con enfermedades crónicas”, añade.

El desafío que plantea el cambio climático es uno de los más importantes que ha experimentado la humanidad. Según Francisco Cereceda, por primera vez nos vemos enfrentados a generar un cambio de comportamiento de carácter global: “Tiene que haber un proceso de evolución humana hacia una mayor conciencia de la relación del hombre con la naturaleza en un planeta con recursos y procesos biogeoquímicos limitados y finitos. Es un desafío mayúsculo de educación y un cambio de paradigma de la sociedad en el que todos debemos ser parte”, concluye. 

 

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