Opinión: Lecciones de la pandemia

4 · mayo · 2020

Columna de opinión del profesor del Departamento de Estudios Humanísticos, Claudio Tapia Figueroa.

La comunidad internacional está enfrentando en la actualidad una nueva pandemia, esta vez denominada COVID-19, que nos pone de cabeza en nuestra cotidianidad, afecta la economía y genera incertidumbre.

No obstante, pandemias han existido a lo largo de la historia. ¿Qué ha cambiado entonces en nuestra sociedad? La globalización es uno de los primeros factores que nos ha alterado la vida contemporánea. Este proceso, nacido desde la economía, evolucionó rápidamente hacia otros espacios sociales, fundamentalmente a través de la tecnología y las comunicaciones.

Sin embargo, el acceso a la información instantánea no ha traducido en la sensibilización de la comunidad sobre los efectos de esta nueva pandemia. Tras cuatro meses desde su irrupción, ha sido posible percibir la multiplicidad de opiniones, estudios, directrices políticas y efectos en la sociedad, que han transitado entre el descrédito, las teorías conspirativas, su letalidad, hasta los devastadores efectos en la economía global. Y pese a que la proyección de la enfermedad permitió tener un espacio de preparación para las regiones más lejanas del foco inicial, hoy en todo el mundo se están sufriendo sus embates.

Latinoamérica comenzó a ver sus efectos después de la proyección de la enfermedad en Europa, pero las características propias de una región periférica en lo económico, sumado a la diversidad de las políticas que los Estados gestionaron, impidieron que esa ventaja inicial se tradujera en acciones concretas de buena parte de los gobiernos. A su vez, hay otro factor que ha contribuido a la propagación del virus: el comportamiento social de las personas, un componente cultural que ha sido transversal y en el que Chile no ha quedado ajeno.

Ante este escenario, la historia nacional nos ha dejado lecciones frente a epidemias, así como a otras catástrofes que nos han asolado, donde se puede percibir una acción constante: el factor educacional ha sido fundamental, y hoy no es la excepción. La fiebre española en Chile en los años 20’ contribuyó al surgimiento de políticas de salud pública; la debacle del terremoto de Chillán en 1939 permitió impulsar a la CORFO y al rol productivo de la mano de la ciencia y la tecnología, y la superación del cólera y el combate a la influenza han implicado el aporte que cada persona hace a su comunidad a partir de su propia responsabilidad y compromiso.

Hoy es igual de relevante asumir que la decisión individual afecta a la comunidad, contribuyendo la toma de conciencia sobre la necesidad del autocuidado, la responsabilidad y la empatía, más allá de una directriz gubernamental. Además, la educación permite mantenernos alejados de los mitos de las fake news que nos invaden día a día. Por su parte, el desarrollo de conocimiento científico nos ha demostrado su relevancia, posicionándose como un “activo” del país, siendo sus baluartes la comunidad científica, radicada fundamentalmente en las universidades.

Esta pandemia nos otorga la oportunidad de refrescar nuestro conocimiento, valorar la acción de la comunidad y poner en preeminencia el valor humano como eje fundamental de cualquier idea de desarrollo que se tenga. Tal vez, esa es la lección más importante de este desafío. Veremos si en el futuro la tarea educativa se entendió y, sobre todo, si se realizó.

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